Inicialmente escéptica sobre los felinos, me convertí en una devota madre gatuna cuando un pequeño gatito herido llamado Michael Knight llegó a nuestro hogar en agosto de 2002.
El gatito discapacitado — con una lesión en la pata — necesitó cuidados veterinarios. Convencí a Mario, reticente, de quedarnos con el animal.
A medida que Michael maduró, desarrolló un vínculo estrecho con la familia: «pegándose a las piernas como una lapa», ronroneando cerca de las orejas, y creando travesuras de joven rascando muebles y trepando al árbol de Navidad.
Cuando me quedé embarazada, las preocupaciones sobre la toxoplasmosis — una enfermedad causada por protozoos transmisible a través de las heces y la saliva del gato — provocaron temores de tener que dar en adopción a Michael. La tranquilidad del veterinario sobre las vías de transmisión nos permitió quedárnoslo con precauciones.
Tras el nacimiento de las mellizas, Michael se adaptó maravillosamente, asumiendo un rol protector. Respondía al llanto de las bebés y toleraba su afecto de niñas pequeñas sin agresividad.
Ahora con catorce años, Michael representa una perspectiva transformada sobre tener mascotas. Los animales proporcionan amor incondicional y alegría.
Me encanta! 🙂